Neurociencias: emoción y aprendizaje, una dupla virtuosa

Pía Lecaros A.

Directora-Fundadora de Brainmetrics (www. brainmetrics.cl). Master en Neurociencia Aplicada. Consultora Congreso Nacional.

Todos los estudios neurocientíficos señalan que aprender es un proceso que viene programado genéticamente en el cerebro de todos los organismos. Y que es la base de la supervivencia del individuo y de la especie, tal como comer, beber o la propia sexualidad.

Aprender y memorizar en esencia significa hacer asociaciones de eventos que producen cambios en las neuronas y sus contactos con otras neuronas en redes que se extienden a lo largo de muchas áreas del cerebro. Y que todos los cerebros, pese a que perciben y experimentan el mundo de manera única, usan los mismos mecanismos neurales de aprendizaje, explica Francisco Mora, doctor en Medicina y Neurociencia, catedrático de Fisiología en la Universidad Complutense de Madrid y profesor adscrito de Fisiología Molecular y Biofísica en la Universidad de Iowa, en Estados Unidos.

Ciertamente, los niños comienzan a aprender desde el momento en que nacen, si no antes, desde que están en el vientre materno. Y desde ese momento comienzan a usar los mecanismos básicos que tenemos para aprender, que son la imitación, la atención compartida y la empatía, y que se perpetua durante toda la vida. Este fenómeno se conoce como neuroplasticidad, que es la capacidad de los seres humanos de hacer nuevas conexiones neuronales durante toda la vida, donde las emociones tienen un rol preponderante.

Hoy sabemos que sin emoción no hay aprendizaje, pues este proceso solo se produce cuando se activa la motivación, la atención y la memoria. Los últimos hallazgos en este sentido nos muestran que las emociones ayudan a fomentar el aprendizaje, ya que promueven la actividad de las redes neuronales y refuerzan las conexiones sinápticas. La evidencia científica nos muestra que, para bien o para mal, los aprendizajes se consolidan de mejor manera en nuestro cerebro cuando se involucran las emociones.

Por ello, entender el rol de las emociones en el aula no sólo es fundamental para el aprendizaje, sino también en los procesos sociales que se dan entre compañeros y profesores, ya que el entorno refuerza o debilita lo aprendido. En una comunidad escolar donde se fomenten las emociones positivas como seguridad, entusiasmo, alegría, expectación y asombro, sensación de triunfo y curiosidad, el aprendizaje se verá potenciado. Por el contrario, en un ambiente donde emociones negativas como el miedo, la ansiedad, latensión, la ira y el enfado, la culpabilidad, el aburrimiento, la envidia y los celos sean preponderantes, el aprendizaje se verá debilitado.

De allí la importancia que tiene tender puentes entre la pedagogía y la neurociencia aplicada a la educación, ya que en la medida que los profesores sepan cómo se da el proceso de aprendizaje en el cerebro de los niños y jóvenes, y qué factores impactan en él, podrían adecuar sus estrategias de enseñanza y generar ambientes emocionales positivos que potencien el desarrollo cognitivo y emocional de los estudiantes. Y quién sabe, hasta bajar los índices de abandono escolar que hoy tenemos, en un marco de pandemia o post pandemia.

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